top of page

Cuando los escándalos no alcanzan

John Merolla

Life News Today

 

La política británica acaba de producir una de esas escenas que parecen más propias de una sátira que de una democracia moderna. Nigel Farage renunció a su banca en el Parlamento británico en medio de una investigación relacionada con un regalo de 5 millones de libras esterlinas que recibió de Christopher Harborne, un empresario vinculado al mundo de las criptomonedas. En lugar de esperar el resultado de la investigación, Farage decidió provocar una nueva elección en su distrito de Clacton y pidió a los ciudadanos que volvieran a elegirlo. Y lo hicieron. El 13 de agosto obtuvo el 63,3 por ciento de los votos y recuperó su escaño. La investigación parlamentaria, lejos de desaparecer, volvió a ponerse en marcha después de su victoria. El episodio resulta todavía más extraño por las características de la elección. Los principales partidos británicos decidieron no competir, dejando a Farage en un campo récord de 34 candidatos en total, entre ellos el personaje satírico Count Binface, interpretado por el comediante Jon Harvey. Farage terminó ganando por una diferencia enorme, mientras que Binface obtuvo el 26,9 por ciento de los votos. Es decir, un político que acababa de abandonar voluntariamente su cargo mientras era investigado consiguió regresar al Parlamento con un porcentaje de votos incluso superior al que había obtenido en 2024.

 

Farage sostiene que el dinero fue un regalo personal destinado a su seguridad y que no estaba obligado a registrarlo. El comisionado parlamentario de normas, sin embargo, consideró que existían motivos suficientes para abrir una investigación sobre si el regalo debía haber sido declarado. También aparecieron cuestionamientos sobre el apoyo que Farage habría recibido de George Cottrell, un antiguo colaborador y aliado que fue condenado en Estados Unidos por fraude electrónico y cumplió ocho meses de prisión. Medios británicos informaron que Cottrell habría proporcionado apoyo relacionado con personal, seguridad y el uso de una propiedad en Londres antes de las elecciones de 2024, aunque Cottrell ha cuestionado aspectos de esas informaciones. Y aquí aparece la parte más interesante. Nada de esto impidió que Farage volviera a ganar. La elección incluso terminó funcionando como una demostración de fuerza para el dirigente. Farage pudo presentar el resultado como una respuesta de los ciudadanos a sus críticos y al grupo de poder político.

 

Pero Farage está lejos de ser un caso aislado. La política internacional está llena de ejemplos en los que los escándalos no necesariamente destruyen a un dirigente. Uno de los más conocidos es Silvio Berlusconi, el multimillonario empresario y ex primer ministro italiano. Berlusconi estuvo involucrado durante décadas en investigaciones y procesos judiciales relacionados con corrupción, fraude fiscal y otros escándalos. En 2013 fue condenado definitivamente por fraude fiscal en el caso Mediaset, lo que provocó su expulsión del Senado italiano. Sin embargo, sus problemas judiciales no significaron el final inmediato de su carrera política. Continuó liderando su movimiento, volvió a obtener representación electoral y permaneció como una de las figuras centrales de la política italiana durante años. Otro ejemplo es Benjamin Netanyahu en Israel. El primer ministro israelí se convirtió en el primer jefe de Gobierno en ejercicio del país en ser sometido a juicio por acusaciones de corrupción. Netanyahu fue acusado en diferentes casos de soborno, fraude y abuso de confianza, acusaciones que él niega. A pesar de la enorme controversia, las investigaciones y el juicio, consiguió volver al poder y mantener una posición dominante en la política israelí. En América Latina también existen antecedentes como Alberto Fujimori, expresidente de Perú, quien fue condenado por violaciones de derechos humanos y delitos relacionados con corrupción después de abandonar el poder. Sin embargo, su figura política no desapareció. Su movimiento continuó teniendo una enorme influencia en la política peruana y su hija, Keiko Fujimori, llegó en varias oportunidades a disputar la Presidencia.

 

La explicación de este fenómeno no necesariamente está en que los votantes “aprueben” los escándalos. Muchas veces ocurre algo diferente. Cuando una sociedad está profundamente polarizada, las elecciones dejan de funcionar únicamente como una evaluación de la gestión de un político. El voto puede convertirse en una declaración de identidad. “Prefiero a este candidato porque representa a mi grupo, aunque tenga problemas, antes que permitir que gane el otro lado”. De esa manera, una acusación que debería debilitar a un dirigente puede incluso fortalecer su discurso de enfrentamiento contra las instituciones tradicionales.

 

La escena parece absurda. Una elección convocada por el propio político, una investigación que queda suspendida y luego se reanuda, los grandes partidos ausentes y un candidato satírico convertido en su principal rival. Sin embargo, detrás de lo insólito existe una cuestión mucho más seria. La política democrática permite que los ciudadanos vuelvan a elegir a dirigentes cuestionados siempre que cumplan los requisitos legales para presentarse. El resultado puede ser difícil de entender desde afuera, pero refleja una realidad cada vez más frecuente. Los escándalos no siempre destruyen la carrera de un político y, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en parte de su identidad política.

 

Farage ganó. Ganó mientras la investigación sobre los 5 millones de libras sigue abierta, ganó después de haber renunciado voluntariamente y ganó en una elección que sus adversarios consideraron innecesaria. La historia de Farage, Berlusconi, Netanyahu y Fujimori muestra una de las grandes paradojas de la política contemporánea. Un dirigente puede estar rodeado de escándalos, investigaciones o incluso condenas y, aun así, seguir siendo elegido por millones de personas. La democracia no garantiza que los políticos cuestionados desaparezcan de las urnas. Al contrario, mientras tengan el respaldo suficiente, pueden regresar una y otra vez. Y quizás esa sea una de las características más desconcertantes de la política mundial actual, que lo que parece que debería terminar una carrera política muchas veces termina convirtiéndose en combustible para mantenerla viva.


 

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page