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El Costo Oculto de Comprar en Tiendas de Segunda Mano

Buscar gangas no es precisamente una invención estadounidense: desde los mercadillos al aire libre en Marruecos hasta los puestos de segunda mano en París, a los compradores de todo el mundo les encanta la emoción de las ofertas. Sin embargo, en Estados Unidos, la búsqueda de gangas se ha convertido en un elemento cultural fundamental. Se valora no solo como una forma de ahorrar, sino también como una tradición vinculada a la creatividad, la autoexpresión y, cada vez más, a la sostenibilidad.

Los estadounidenses adoptaron el ahorro a niveles notables. En 2025, aproximadamente entre el 16 y el 18 por ciento de los estadounidenses compraban en tiendas de segunda mano, mientras que otro 12 a 15 por ciento visitaron tiendas de consignación o de reventa, según una investigación compilada por Capital One y NARTS. Una encuesta en el New York Post, encontró que el 66 por ciento de los estadounidenses compran artículos de segunda mano con regularidad y casi uno de cada cinco lo hace semanalmente. El resultado es una industria en auge. El mercado estadounidense de ropa de segunda mano generó 53.000 millones de dólares en 2023, y se proyecta que la reventa en línea alcance 40 mil millones de dólares para 2029, según el informe de reventa 2025 de ThredUp.


La tendencia refleja un auge mundial. El mercado mundial de ropa de segunda mano está valorado en 260 mil millones de dólares hoy en día y se pronostica que afectará 523 mil millones de dólares para 2030, creciendo aproximadamente 2,7 veces más de la velocidad del mercado de prendas de vestir en general, de acuerdo a Fashion United y Uniform Market. Estados Unidos lidera en escala, con más de 28.000 tiendas de segunda mano en todo el país y un mercado de reventa valorado en 39 mil millones de dólares, el más alto del mundo.

Pero tras las gangas se esconde una paradoja. La avalancha de donaciones ha reducido la calidad general. Los estantes que antes contenían prendas básicas duraderas ahora están repletos de camisetas de poliéster y vaqueros de moda rápida que nunca durarán más de una temporada. Este no es un problema exclusivo de Estados Unidos. En París, tiendas de segunda mano se enfrentan al mismo reto, siendo que los armarios franceses, tradicionalmente están compuestos por menos piezas y de larga duración. En comparación, la cultura de consumo estadounidense suele valorar la novedad: los compradores justifican comprar más simplemente porque es barato.


Lo que no se puede vender es otro costo oculto. En EE.UU., sólo una fracción de la ropa donada llega a las tiendas. El resto se empaqueta y se vende a granel a recicladores o se envía al extranjero.Según Le Monde ha informado, muchos de esos fardos terminan en África Occidental, donde socavan las industrias textiles locales y empeoran los problemas ambientales cuando la ropa invendible se acumula en vertederos o se quema.


Los expertos en sostenibilidad advierten que comprar ropa de segunda mano solo reduce el desperdicio cuando reemplaza la compra de ropa nueva y cuando la ropa se usa hasta que se desgasta. De lo contrario, la compra de segunda mano corre el riesgo de convertirse en otra vía de consumo excesivo.

Para los compradores estadounidenses, la moraleja no es abandonar las compras de segunda mano, sino replantearlas. La tradición de buscar ofertas es digna de celebrar, pero su valor reside en la moderación: compre menos, elija con cuidado y comprométase a usar lo que lleve a casa. Esta lección es válida tanto si su hallazgo proviene de una boutique de París, de una tienda Goodwill estadounidense o de un mercado abarrotado al otro lado del mundo.


Por Samantha Gilstrap

 
 
 

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