Las tiendas están cerrando, las bancarrotas están aumentando y el antiguo modelo minorista ya no funciona
- Sabrina Pinera

- 24 ene
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Por Sabrina Pineda
Life News Today, Reportera
Estados Unidos atraviesa en 2026 uno de los momentos más complejos para el comercio minorista desde la pandemia. No se trata solo de tiendas que cierran por quiebra, sino de un reajuste del modelo tradicional, donde el local físico deja de ser el centro del negocio y pasa a funcionar como parte de una red más amplia que incluye logística, comercio electrónico, datos de clientes y financiamiento. La presión se siente en múltiples segmentos, desde el lujo hasta el descuento, y obliga a cadenas históricas a reducir su huella o a reorganizarse bajo tribunales de quiebras.

Uno de los casos más emblemáticos de este año es Saks Global, propietario de Saks Fifth Avenue, Neiman Marcus y Bergdorf Goodman. Registros del proceso judicial muestran que la compañía se acogió al Capítulo 11 el martes 13 de enero de 2026, en una reestructuración diseñada para mantener operaciones mientras reorganiza su carga financiera. En documentos presentados ante la corte, la empresa reportó activos y pasivos dentro de un rango de entre 1,000 millones y 10,000 millones de dólares, además de una deuda financiada reportada de aproximadamente 3,400 millones de dólares. En paralelo, la empresa comunicó que aseguró capital comprometido para sostener la transición, y afirmó que sus tiendas y plataformas de comercio electrónico continúan operando mientras se gestiona el caso.
Ese punto es clave para entender lo que ocurre en el sector: una bancarrota no siempre significa cierre inmediato. En el Capítulo 11, el objetivo suele ser ganar tiempo para renegociar obligaciones, ordenar pagos a proveedores y reconfigurar inventarios y costos operativos con supervisión judicial. Aun así, el hecho de que una empresa de lujo llegue a esa instancia refleja una realidad que ya golpea al comercio general: cuando el flujo de caja se estrecha y el costo del financiamiento sube, el modelo de grandes superficies y amplias redes de tiendas pierde margen de maniobra.
El contexto de 2025 también se conecta con una lista acumulada de marcas icónicas que, por distintas razones, no pudieron sostener sus estructuras de costos o su endeudamiento. Lord & Taylor cerró definitivamente en 2020 tras décadas como referencia del comercio tradicional. Otras cadenas entraron en reestructuración en años anteriores o redujeron su presencia de forma drástica, mientras el mercado se movía hacia opciones más digitales y hacia formatos físicos más pequeños, especializados o ligados a experiencias. En paralelo, empresas como Macy’s confirmaron planes de cierres por etapas, con el argumento corporativo de concentrar inversión en ubicaciones “estratégicas” y reducir tiendas de bajo rendimiento.

Sin embargo, no todas las dificultades se traducen en bancarrotas legales. En 2026, varias cadenas optan por cierres “administrados” de cientos de locales, sin acudir a tribunales, como una forma de recortar costos fijos y evitar que una operación extensa se convierta en un lastre. Ese tipo de decisión suele aparecer cuando el análisis interno muestra que parte de la red de tiendas no cubre renta, energía, personal, seguros y pérdidas por merma con la misma eficiencia que antes. Cuando el margen cae, la tienda deja de ser un activo y se convierte en una obligación contractual.
Dentro de este panorama, las causas se repiten, pero operan como un sistema conectado. El primer factor es el cambio persistente hacia las compras en línea. Este no es un fenómeno abstracto, sino medible. Datos federales del Censo muestran que en el tercer trimestre de 2025 las ventas minoristas de comercio electrónico representaron alrededor de 15.8 por ciento del total, con ventas en línea estimadas en 299,600 millones de dólares para ese trimestre. Ese porcentaje implica que una porción significativa del gasto que antes terminaba en un pasillo físico ahora se concreta a través de plataformas digitales, donde el costo por transacción se reparte de manera distinta y donde la tienda física compite con entregas rápidas, comparadores de precio y disponibilidad inmediata. Para muchas cadenas, la pregunta ya no es si deben vender en línea, sino si su estructura física está alineada con el volumen real que el cliente desea comprar dentro del local.
El segundo factor es el aumento sostenido de costos operativos. En el comercio tradicional, una parte importante de los gastos no depende de cuántos clientes entren, sino de mantener el local abierto: renta, mantenimiento, electricidad, climatización, seguridad, inventario, logística interna y nómina. Cuando una tienda pierde tráfico, esos costos no caen en la misma proporción. Además, el comercio minorista depende de temporadas, promociones y rotación de inventario. Si la demanda se vuelve irregular, el negocio enfrenta el riesgo de acumular inventario en un ciclo en el que el efectivo se necesita para pagar proveedores, financiamiento y operación diaria.

El tercer factor es el endeudamiento heredado de expansiones previas. Muchas cadenas crecieron en épocas de crédito más barato, cuando abrir más tiendas parecía el camino lógico para aumentar presencia. En el entorno actual, ese endeudamiento pesa más. En el caso de Saks Global, la propia estructura financiera descrita en el proceso judicial y el uso de financiamiento para operar durante la reestructuración ilustran un patrón: cuando una empresa carga una deuda elevada y necesita recursos frescos para sostener inventario y pagos esenciales, la reorganización se convierte en una herramienta para evitar un corte abrupto de operación.
A esto se suma una condición del consumidor que influye en el comercio minorista incluso cuando no se ve directamente en el mostrador. Los datos federales muestran cambios en el crédito al consumo, incluyendo variaciones en el crédito revolvente, y la evolución de la morosidad en préstamos de tarjetas de crédito según series públicas. Estos indicadores ayudan a explicar por qué algunas familias recortan gastos discrecionales, buscan descuentos más agresivos o postergan compras de alto valor como muebles y artículos del hogar. Cuando el consumidor ajusta, el comercio minorista siente el impacto primero en categorías que dependen de confianza y de ingresos disponibles.

Por eso incluso marcas orientadas al ahorro, que históricamente resistían mejores periodos de inflación, están revisando su modelo. El descuento también enfrenta competencia digital, especialmente cuando plataformas en línea ofrecen precios dinámicos y entregas rápidas. Al mismo tiempo, la optimización de tiendas físicas obliga a elegir ubicaciones con tráfico estable, contratos sostenibles y capacidad de operar como punto de retiro, devoluciones o microcentro logístico. En otras palabras, el local no desaparece, pero se redefine: menos metros, más eficiencia, más integración tecnológica y más dependencia de datos para gestionar inventario y demanda local.
Este contexto, lejos de significar el fin del comercio minorista, confirma una transformación profunda. Lo que colapsa no es la idea de vender productos al público, sino el supuesto de que una red extensa de tiendas por sí sola garantiza crecimiento. En 2026, el mercado premiara a quien combina experiencia física con operación digital sólida, logística eficiente y una estructura de costos que pueda resistir cambios rápidos en el comportamiento del consumidor. Las bancarrotas y cierres masivos funcionan como señal de ajuste: el comercio minorista sigue, pero el modelo cambia, y el costo de no adaptarse se volvió demasiado alto.






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