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Qué significa la “estabilidad económica”

Por John Merolla

Reportero, Life News Today

 

Muchas veces, se habla de una economía “estable” cuando los grandes indicadores dejan de mostrar sobresaltos. Los precios ya no suben al ritmo de los picos recientes, el empleo no se derrumba y los mercados financieros parecen más calmos. En ese marco, titulares y discursos suelen coincidir en que la economía “aguanta”. Sin embargo, cuando se observa cómo viven esa estabilidad los hogares, la imagen suele ser más compleja. La estabilidad, entendida desde la experiencia cotidiana, no se mide solo por promedios nacionales, sino por el margen real que tienen las personas para sostener su vida sin quedar expuestas a cualquier imprevisto.


Desde lo macroeconómico, la idea de estabilidad suele apoyarse en un proceso concreto: la desaceleración de la inflación. Tras el fuerte repunte de precios que siguió a la pandemia y a las disrupciones globales, organismos internacionales han señalado una tendencia gradual a la baja. El Fondo Monetario Internacional proyectó que la inflación mundial, que alcanzó 6.8% en 2023, descendería a 5.9% en 2024 y a alrededor de 4.5% en 2025, reflejando un enfriamiento generalizado, aunque desigual entre regiones. El Banco Mundial, en la misma línea, anticipó que la inflación global continuaría moderándose en 2026, acercándose a niveles más compatibles con la estabilidad de precios en el largo plazo. Estos datos respaldan la idea de que, en términos agregados, el período de aumentos acelerados quedó atrás. Pero que la inflación baje no significa que los precios vuelvan a los niveles previos. Significa, simplemente, que suben más lento.


Para los hogares, esa diferencia es clave. Después de varios años de aumentos acumulados, muchos bienes y servicios esenciales quedaron en una base de precios más alta. Alimentos, transporte, energía, seguros y servicios básicos siguen absorbiendo una parte significativa del ingreso mensual. En ese contexto, una inflación más baja puede sentirse menos como un alivio y más como una estabilización en un nivel elevado, donde el presupuesto sigue siendo ajustado. La vivienda suele ser el punto donde esa distancia entre lo macro y lo cotidiano se vuelve más evidente. En muchas economías, tanto desarrolladas como emergentes, el costo de alquilar o comprar una vivienda ha crecido más rápido que los ingresos durante los últimos años. Cuando la vivienda se lleva una proporción cada vez mayor del ingreso, el margen para otros gastos se reduce, y la estabilidad deja de ser una cuestión abstracta.


Diversos estudios internacionales coinciden en que el aumento sostenido de los costos habitacionales es uno de los principales factores que presionan los presupuestos familiares, incluso en países donde la inflación general se ha moderado. El costo del crédito también influye en cómo se vive esa estabilidad. En un entorno global donde las tasas de interés subieron para contener la inflación, financiar gastos cotidianos o de largo plazo se volvió más caro. El Banco Mundial ha señalado que, aunque las condiciones financieras podrían relajarse gradualmente, ese proceso será desigual y lento. Para muchos hogares, esto implica que el acceso al crédito sigue siendo costoso, lo que limita la capacidad de suavizar el consumo ante ingresos variables o gastos inesperados. La economía puede seguir funcionando en términos agregados, pero con presupuestos más sensibles a cualquier shock. El trabajo es otro eje central en esta discusión. A nivel global, los indicadores de empleo no muestran un colapso generalizado. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha destacado que, aunque el crecimiento económico mundial se moderó, el empleo se mantuvo relativamente resiliente en muchas regiones. Sin embargo, esa resiliencia no siempre se traduce en seguridad económica para los trabajadores. La OIT también ha señalado que el crecimiento de los salarios reales volvió a terreno positivo a nivel mundial tras el impacto inflacionario, pero con grandes diferencias entre países y sectores.


En algunos casos, los aumentos salariales apenas compensan el costo de vida; en otros, quedan rezagados. Tener empleo, entonces, no garantiza automáticamente estabilidad financiera. Esa diferencia entre empleo y seguridad se refleja en estrategias de adaptación que aparecen en distintos países: hogares que combinan múltiples fuentes de ingreso, trabajos informales o ajustes constantes en el consumo para llegar a fin de mes. Estas dinámicas no siempre se ven en los grandes indicadores, pero forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas. Desde una perspectiva macro, el mercado laboral puede verse “estable”; desde una perspectiva micro, esa estabilidad puede sentirse frágil. La salud es, en muchos contextos, el factor que expone con mayor claridad esa fragilidad. Incluso en sistemas con algún tipo de cobertura, los gastos directos asociados a la atención médica pueden ser significativos.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que el gasto sanitario “catastrófico” sigue siendo un problema relevante, incluso en regiones desarrolladas. En Europa, por ejemplo, la OMS ha señalado que hasta uno de cada cinco hogares enfrenta dificultades financieras graves por costos de atención médica. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) también ha documentado que los gastos de bolsillo en salud representan una proporción no menor del consumo de los hogares y que esa carga varía ampliamente entre países.

Estos datos muestran que la estabilidad económica no depende solo de inflación o empleo, sino también de la capacidad de absorber gastos inesperados sin comprometer el bienestar a largo plazo. Cuando se observan estos elementos en conjunto, aparece un patrón que se repite en distintos países. La economía puede mostrar señales de estabilidad en los promedios nacionales mientras una parte significativa de los hogares opera con márgenes muy estrechos. La inflación baja, pero los precios siguen altos. El empleo se mantiene, pero los ingresos no siempre alcanzan. El crédito existe, pero es caro. Los sistemas de protección funcionan, pero no eliminan el riesgo financiero ante imprevistos.


Por eso, hablar de “estabilidad económica” requiere precisar desde qué nivel se la observa. Para los mercados y los indicadores macro, estabilidad suele significar menor volatilidad y expectativas más previsibles. Para los hogares, suele significar algo más concreto: poder planificar, sostener los gastos básicos y enfrentar una emergencia sin que todo el presupuesto se desordene. Mientras esas dos dimensiones no se alineen de manera más amplia, la economía puede verse estable en los gráficos y, al mismo tiempo, sentirse ajustada en la vida diaria de millones de personas.

 
 
 

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